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lunes, 14 de marzo de 2016

El poder contra el sindicalismo: La Ley le Chapelier

En este breve trabajo estudiamos la oposición de la burguesía al asociacionismo obrero en la Revolución liberal.

Las Revoluciones políticas liberal-burguesas abolieron las cargas feudales a las que estaban sometidos los campesinos y las ordenanzas gremiales de los artesanos. Además, el liberalismo económico no sólo terminó con esas trabas o regulaciones económicas sino que estableció la libre contratación y  prohibió la creación de organizaciones que agruparan a los trabajadores.
Las contrataciones y relaciones laborales se debían establecer de forma individual entre el patrono y el trabajador, según las leyes del mercado de la oferta y la demanda de trabajo. Como la mano de obra era muy abundante, a causa del éxodo rural de los campesinos en busca de trabajo en las ciudades, y por la salida de los artesanos de los gremios abolidos, los empresarios hicieron contratos con bajos salarios.
La burguesía no podía tolerar la existencia de organizaciones obreras porque consideraba que iban contra la libertad de empresa y de contrato, ya que podían presionar para establecer mejores salarios, además de otras reivindicaciones laborales colectivas. En Inglaterra se dieron las Combination Acts de 1799 y 1800, que prohibían explícitamente las organizaciones de trabajadores.
La asociación de obreros estuvo considerada como un complot o "conspiracy". En Francia fue famosa, en este sentido, la Ley Le Chapelier. En este artículo nos detendremos en la misma y en su autor.
Isaac le Chapelier fue un abogado que participó en la Asamblea Nacional en la famosa sesión del 4 de agosto de 1789 en la que se abolió el feudalismo. También contribuyó a la fundación del club de los Jacobinos. Pero su principal aportación en la Historia fue la de ser el autor de la ley que lleva su nombre, promulgada el 14 de junio de 1791, por la que se establecía la libertad de empresa en Francia, aboliendo los gremios existentes. Se trató del triunfo del liberalismo económico y del individualismo, y no sólo por la abolición de uno de los pilares del sistema productivo del Antiguo Régimen, sino, porque, también prohibía que los empresarios, comerciantes, obreros o artesanos pudieran asociarse y establecer normas comunes.
Este aspecto es importante porque se aplicaría contra los intentos de asociación de los trabajadores a partir de entonces. Esta prohibición fue recogida, además, en el Código Penal francés. La ley no fue derogada hasta el año 1864.

Eduardo Montagut

domingo, 27 de diciembre de 2015

Teresa Claramunt: la intensa lucha de una obrera

Teresa Claramunt constituye un ejemplo de esfuerzo y lucha en el seno del sindicalismo anarquista español, una obrera textil que muy pronto adquirió conciencia social y dedicó su vida a la causa de los trabajadores y trabajadoras. Algunos la han denominado la “Louise Michel” española. También fue una de las mujeres más brutalmente reprimidas por el poder.
Nació en Barbastro en 1862, pero muy pronto su familia se trasladó a Sabadell y, siendo una niña, se puso a trabajar en la industria textil, comenzando a formarse de forma autodidacta. El lugar de nacimiento de nuestra protagonista ha sido motivo de polémica historiográfica, porque algunos autores dicen que realmente nació en Sabadell. En todo caso, en la ciudad industrial catalana fundó un grupo anarquista, influida por el ejemplo de Fernando Tarrida del Mármol. Junto con este máximo representante del anarquismo del siglo XIX español participaría en la Huelga de las Siete Semanas de 1883 para reivindicar la reducción de la jornada laboral a diez horas, uno de los conflictos sociales más importantes en la historia social de Sabadell. Al año siguiente participaría en la fundación de la Sección Varia de Trabajadores anarco-sindicalistas de Sabadell. Su preocupación por la liberación de las mujeres le hizo colaborar con Ángeles López de Ayala y Amalia Domingo en la creación de la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona en 1892. Anteriormente estuvo en Portugal con Antonio Gurri, su marido, huyendo de la persecución policial, y donde colaboró con los anarquistas locales.
Teresa Claramunt fue víctima de la represión indiscriminada desatada a raíz de la bomba del Liceo de 1893 y del atentado del Corpus que llevó al tristemente famoso Proceso de Montjuic en 1896. En esta última ocasión fue brutalmente agredida, causando a Teresa graves secuelas físicas para el resto de su vida. Soledad Gustavo dejó constancia de este sufrimiento  y de las torturas que padeció. Claramunt no fue condenada por ningún delito pero fue deportada a Inglaterra, aunque también residió en París. En 1898 regresó a España.
Ya en el siglo XX fundó El Productor (1901) y renovó su entusiasmo luchador en la prensa, como lo demuestran sus trabajos en La Tramuntana, La Revista Blanca, para dirigir El Rebelde entre 1907 y 1908. También escribiría para una publicación inglesa Freedom. Pero no sólo se distinguió en la lucha a través de la letra impresa. En 1902 participó en los mítines en solidaridad con los trabajadores del metal y en la huelga general de febrero de ese mismo año.
En 1903 viajó a Andalucía con Leonardo Bonafulla, el seudónimo de Juan Bautista Esteve, compañero de Teresa, y que nos ha dejado otra semblanza de nuestra protagonista como una infatigable luchadora entre la cárcel y los caminos a favor de los humildes, teniendo cinco hijos que no sobrevivieron, algunos de ellos nacidos en la cárcel. Además de Antonio Gurri y Bonafulla, también José López Montenegro fue compañero suyo. El objetivo del viaje era difundir las ideas anarcosindicalistas y fomentar la lucha. En Ronda fue detenida por la Guardia Civil. Fue conducida a Málaga y enviada a Barcelona. En ese año escribió un folleto titulado La mujer. Consideraciones sobre su estado ante las prerrogativas del hombre. En la obra hacía un brillante alegato sobre la emancipación de la mujer, teniendo que ser ella la protagonista de la misma. Además formuló una profunda crítica a la educación por ser la causante de la dependencia femenina.
Teresa Claramunt siempre creyó en el sindicalismo revolucionario y no fue muy partidaria de la creación de la Solidaridad Obrera.
A raíz de los sucesos de la Semana Trágica en Barcelona fue detenida en  agosto de 1909 y confinada en Zaragoza. Allí residió hasta la Dictadura. En la capital aragonesa se empeñó en adherir los sindicatos locales a la CNT. También participó en la huelga general de 1911, y volvió a ser detenida.
Teresa Claramunt estaba muy enferma pero eso no sólo no impidió su compromiso sino tampoco la represión que se ejercía sobre ella. Cuando el cardenal Juan Soldevilla sufrió un atentado la policía entró en su domicilio para registrarlo en busca de pruebas para incriminarla. Al año siguiente regresó a Barcelona, arrastrando una salud muy precaria a causa de una parálisis que le impidió poder seguir el ritmo de lucha que había desarrollado antes. Sus compañeros anarquistas ayudaron a Teresa a poder vivir. Vivió un tiempo en Sevilla. Allí dio un mitin contra la Dictadura, para regresar después a Barcelona. En la capital catalana todavía pudo dar otro mitin en 1929. Murió unas horas antes de que los españoles votaran en las elecciones municipales de 1931, de tanta trascendencia para la Historia. Fue enterrada el 14 de abril, cuando amanecía la República en España.
Eduardo Montagut

viernes, 25 de diciembre de 2015

La Huelga General

Históricamente, la huelga general ha sido considerada por el sindicalismo revolucionario como el medio más adecuado para conseguir el triunfo de la Revolución sobre las fuerzas económicas, sociales y políticas que sostendrían el capitalismo. A través de la huelga general, los sectores productivos pasarían a manos de los obreros y campesinos, quienes expropiarían los medios de producción. Estos medios se organizarían a través de sindicatos, comités y cooperativas. Es la expresión máxima de la acción directa. En la Carta de Amiens de 1906 de la Confederación General del Trabajo de Francia se estableció que la huelga revolucionaria era el camino para llegar al final del proceso revolucionario, llegando a la total emancipación capitalista. En aquella reunión se reafirmó la independencia de los sindicatos frente a los partidos políticos.



Por su parte, en el ámbito socialista la cuestión de la huelga general fue intensamente debatida en la Segunda Internacional. En 1904 se llegó a una postura de compromiso sobre la huelga general que, en el fondo, suponía la renuncia a este instrumento para terminar con el capitalismo. Pero, al año siguiente, se reabrió el debate cuando estalló la Revolución rusa de 1905, iniciada con una huelga general. Por fin, en 1906, fueron derrotadas las tesis revolucionarias en el seno de la Internacional y se desechó definitivamente el empleo de la huelga general.

En España, tanto la CNT como la UGT utilizaron la huelga general en distintos momentos y ámbitos geográficos: en 1902 en Cataluña y en 1917 en toda España. En la línea de lo que hemos estudiado sobre las diferencias entre el sindicalismo revolucionario y el socialismo, el anarcosindicalismo español siempre fue más partidario de la huelga general que el sindicalismo socialista. Para los socialistas la huelga general generaba un desgaste de las fuerzas sindicales.
La huelga general no tiene, en la actualidad, un carácter revolucionario, ya que se emplea como un medio para solucionar problemas que no encuentran solución mediante huelgas parciales, o para acelerar cambios políticos y sociales.

Eduardo Montagut