Mostrando entradas con la etiqueta trabajadores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta trabajadores. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de enero de 2016

Las condiciones laborales de los obreros en el siglo XIX

El número de horas de trabajo de los obreros en la Europa del siglo XIX fue muy variable, y sus condiciones laborales muy precarias, en función de la actividad desarrollada. En las fábricas algodoneras la duración de la jornada podía llegar a las quince horas. La duración de la jornada fue disminuyendo a lo largo del siglo XIX. Hacia 1870, los obreros ingleses trabajaban como media unas doce horas diarias y con pocos días de descanso. En la década de los años ochenta, la jornada se fue rebajando hasta las diez o nueve horas. Una de las grandes reivindicaciones de las organizaciones obreras durante todo el siglo XIX y los primeros años del siglo XX fue la jornada de ocho horas de trabajo, seis días a la semana. En algunos países de Europa se tardaron décadas en conseguirlo.
Mujeres y niños constituían una buena parte de la mano de obra de la época de la Revolución Industrial. En el año 1839, la mitad de la clase obrera británica estaba constituida por mujeres. En el inicio de la década de los años cincuenta, se sabe que trabajaba el 28% de la población comprendida entre los 10 y 15 años.
Los salarios eran muy bajos y muy ajustados para satisfacer las necesidades básicas de los trabajadores. El trabajo infantil estaba mucho peor remunerado, lo mismo que el de las mujeres, que percibían alrededor de la mitad del salario de los hombres. A partir de los años cincuenta, los salarios tendieron a subir, especialmente para los obreros cualificados, pero el nivel de vida de los trabajadores continuó siendo muy bajo.
En las zonas industriales se pensó que sería conveniente que las viviendas de los trabajadores estuvieran cerca de las fábricas. Así surgieron los barrios obreros, con edificios de dos o tres plantas al principio, pero que aumentaron progresivamente en altura y volumen, a la vez que se extendían por los suburbios de las principales ciudades. Los barrios obreros crecieron de forma desordenada, sin que los poderes municipales se preocupasen de atender a los servicios como eran el trazado ordenado de calles, alumbrado público, conducción de aguas, alcantarillas, basuras, etc. Las calles y patios estaban muy degradados por el amontonamiento de basuras y desperdicios. Al no haber desagües, las aguas sucias se estancaban. Esa situación, unida al hacinamiento y la mala ventilación, aumentaban el peligro de infecciones. El interior de las viviendas era muy pobre, con pocas habitaciones, siendo frecuentes las cocinas y letrinas comunitarias.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX se extendieron por Europa las conocidas como colonias industriales fuera de las ciudades. Se trataba de una especie de barrios para los empleados de una fábrica, y se edificaban junto a la misma. Eran colonias construidas por iniciativa del empresario. El propietario vivía en una gran mansión, los directivos ocupaban casas amplias y los obreros tenían pequeñas casas. También tenían iglesias, tiendas, escuelas y hasta cementerios, en algunos casos.
Las primeras etapas de la industrialización trajeron consigo unas pésimas condiciones de vida para los obreros, como hemos comprobado. A finales del siglo XIX su situación mejoró en cierta medida, en parte debido al descenso de los precios agrícolas y también gracias a las conquistas sociales, y a una mayor preocupación de los poderes por la situación de los obreros, temerosos de la fuerza del movimiento obrero.
En relación con la dieta, el alimento principal siguió siendo la harina en forma de pan o de gachas, y la patata, que se difundió de forma extraordinaria hacia la mitad del siglo XIX. El consumo de carne, frutas, verduras y pescado fue, en cambio siempre muy escaso. El gasto en vestidos era muy reducido. La indumentaria del trabajador se diferenciaba claramente de la de los burgueses: la blusa y la gorra eran elementos distintivos de los hombres; y un vestido largo, era el atuendo de las mujeres.
El centro de ocio de los obreros era la taberna, único lugar que permitía relacionarse fuera del trabajo. Este hecho, junto con las duras condiciones labores, tuvo mucho que ver con el alto grado de alcoholismo existente entre las clases trabajadoras. El movimiento obrero intentó mejorar el ocio de los obreros a través de nuevos centros como las casas del pueblo, donde además de reunirse para debatir sobre aspectos laborales y políticos, se podía encontrar una alternativa a la taberna con clases, charlas, teatro, biblioteca, etc..
Eduardo Montagut

domingo, 27 de diciembre de 2015

Teresa Claramunt: la intensa lucha de una obrera

Teresa Claramunt constituye un ejemplo de esfuerzo y lucha en el seno del sindicalismo anarquista español, una obrera textil que muy pronto adquirió conciencia social y dedicó su vida a la causa de los trabajadores y trabajadoras. Algunos la han denominado la “Louise Michel” española. También fue una de las mujeres más brutalmente reprimidas por el poder.
Nació en Barbastro en 1862, pero muy pronto su familia se trasladó a Sabadell y, siendo una niña, se puso a trabajar en la industria textil, comenzando a formarse de forma autodidacta. El lugar de nacimiento de nuestra protagonista ha sido motivo de polémica historiográfica, porque algunos autores dicen que realmente nació en Sabadell. En todo caso, en la ciudad industrial catalana fundó un grupo anarquista, influida por el ejemplo de Fernando Tarrida del Mármol. Junto con este máximo representante del anarquismo del siglo XIX español participaría en la Huelga de las Siete Semanas de 1883 para reivindicar la reducción de la jornada laboral a diez horas, uno de los conflictos sociales más importantes en la historia social de Sabadell. Al año siguiente participaría en la fundación de la Sección Varia de Trabajadores anarco-sindicalistas de Sabadell. Su preocupación por la liberación de las mujeres le hizo colaborar con Ángeles López de Ayala y Amalia Domingo en la creación de la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona en 1892. Anteriormente estuvo en Portugal con Antonio Gurri, su marido, huyendo de la persecución policial, y donde colaboró con los anarquistas locales.
Teresa Claramunt fue víctima de la represión indiscriminada desatada a raíz de la bomba del Liceo de 1893 y del atentado del Corpus que llevó al tristemente famoso Proceso de Montjuic en 1896. En esta última ocasión fue brutalmente agredida, causando a Teresa graves secuelas físicas para el resto de su vida. Soledad Gustavo dejó constancia de este sufrimiento  y de las torturas que padeció. Claramunt no fue condenada por ningún delito pero fue deportada a Inglaterra, aunque también residió en París. En 1898 regresó a España.
Ya en el siglo XX fundó El Productor (1901) y renovó su entusiasmo luchador en la prensa, como lo demuestran sus trabajos en La Tramuntana, La Revista Blanca, para dirigir El Rebelde entre 1907 y 1908. También escribiría para una publicación inglesa Freedom. Pero no sólo se distinguió en la lucha a través de la letra impresa. En 1902 participó en los mítines en solidaridad con los trabajadores del metal y en la huelga general de febrero de ese mismo año.
En 1903 viajó a Andalucía con Leonardo Bonafulla, el seudónimo de Juan Bautista Esteve, compañero de Teresa, y que nos ha dejado otra semblanza de nuestra protagonista como una infatigable luchadora entre la cárcel y los caminos a favor de los humildes, teniendo cinco hijos que no sobrevivieron, algunos de ellos nacidos en la cárcel. Además de Antonio Gurri y Bonafulla, también José López Montenegro fue compañero suyo. El objetivo del viaje era difundir las ideas anarcosindicalistas y fomentar la lucha. En Ronda fue detenida por la Guardia Civil. Fue conducida a Málaga y enviada a Barcelona. En ese año escribió un folleto titulado La mujer. Consideraciones sobre su estado ante las prerrogativas del hombre. En la obra hacía un brillante alegato sobre la emancipación de la mujer, teniendo que ser ella la protagonista de la misma. Además formuló una profunda crítica a la educación por ser la causante de la dependencia femenina.
Teresa Claramunt siempre creyó en el sindicalismo revolucionario y no fue muy partidaria de la creación de la Solidaridad Obrera.
A raíz de los sucesos de la Semana Trágica en Barcelona fue detenida en  agosto de 1909 y confinada en Zaragoza. Allí residió hasta la Dictadura. En la capital aragonesa se empeñó en adherir los sindicatos locales a la CNT. También participó en la huelga general de 1911, y volvió a ser detenida.
Teresa Claramunt estaba muy enferma pero eso no sólo no impidió su compromiso sino tampoco la represión que se ejercía sobre ella. Cuando el cardenal Juan Soldevilla sufrió un atentado la policía entró en su domicilio para registrarlo en busca de pruebas para incriminarla. Al año siguiente regresó a Barcelona, arrastrando una salud muy precaria a causa de una parálisis que le impidió poder seguir el ritmo de lucha que había desarrollado antes. Sus compañeros anarquistas ayudaron a Teresa a poder vivir. Vivió un tiempo en Sevilla. Allí dio un mitin contra la Dictadura, para regresar después a Barcelona. En la capital catalana todavía pudo dar otro mitin en 1929. Murió unas horas antes de que los españoles votaran en las elecciones municipales de 1931, de tanta trascendencia para la Historia. Fue enterrada el 14 de abril, cuando amanecía la República en España.
Eduardo Montagut

martes, 22 de diciembre de 2015

Solidaridad Obrera

La Solidaridad Obrera fue una organización sindical constituida el 3 de agosto de 1907 como resultado de la coordinación de las organizaciones obreras de Barcelona. Fue la culminación de un proceso de modernización del obrerismo catalán con influencias del francés y estimulado por la creación de la Solidaritat Catalana. Desde el principio quiso tener vocación estatal y su creación había sido promovida por sindicatos diversos en Madrid, en Barcelona y Cataluña. Nació, pues, como un intento de pacto o unión entre el movimiento obrero socialista y el anarquista y como alternativa obrera al lerrouxismo y al catalanismo de la Solidaritat Catalana. Sus principales impulsores fueron Antoni Colomé, Badia Matamala, Jaume Bisbe, Ramon Lostau, Fabra i Ribas, Miquel V. Moreno, Tomás Herreros, Josep Roman, Josep Mas-Gomerí y Salvador Seguí. Las primeras reuniones comenzaron en el mes de mayo entre socialistas, anarquistas y republicanos.
El 20 de julio, treinta y dos entidades -socialistas, anarquistas, republicanas- firmaron el Manifiesto de Solidaridad Obrera a los Trabajadores de Barcelona, de fuerte influencia libertaria. Las sociedades adheridas, con el apoyo de Ferrer i Guardia, iniciaron el 19 de octubre de 1907 la publicación del semanario “Solidaridad Obrera”. Hasta la época de la Semana Trágica tuvo importantes colaboradores, como Anselmo Lorenzo. A partir de 1910 se convirtió en una publicación claramente vinculada a la creación de la CNT. “Solidaridad Obrera” es clave en la historia de la prensa española por su contribución a la difusión de las ideas y prácticas anarcosindicalistas y del movimiento obrero, en general.
En septiembre de 1908 se intentó superar el marco barcelonés y, para ello, en un Congreso celebrado en la ciudad se creó la Confederación Regional de Resistencia Solidaridad Obrera con representación de entidades de Barcelona y su provincia, Reus, Tarragona, Blanes, Girona y Palafrugell, intentando, además, mantener un cierto equilibro entre socialistas y anarquistas pero no pudiendo evitar los choques con los lerrouxistas, enfrentamiento que comenzó en el verano de 1908. Los socialistas irán siendo gradualmente marginados.
La Semana Trágica y su fuerte represión provocaron un evidente freno para la Solidaridad. El segundo Congreso, ya de ámbito nacional, se reunió entre el 30 de octubre y el 1 de noviembre de 1910. En dicho Congreso los socialistas fueron contrarios a crear una organización estatal porque entraría en colisión con la UGT. En ese momento se decidió la creación de la Confederación General del Trabajo (CNT). Fue, pues, el momento que marcó el final de la Solidaridad Obrera y el comienzo de la CNT.
Eduardo Montagut